Resurrección de la areté

13.03.2020

A la hora de estudiar la cultura de la Antigua Grecia, areté es uno de los primeros conceptos que se aprenden. Es uno de los principales fundamentos de la civilización helénica y engloba una serie de valores que, lamentablemente, se han perdido en la sociedad actual.

Areté es la quintaesencia de la educación aristocrática griega. Consiste en la combinación del orgullo y la moralidad caballeresca con los valores guerreros de coraje, fortaleza y audacia. A menudo se traduce simplemente como 'excelencia', por el amplio rango de virtudes que incluye.

Un concomitante esencial de areté es el honor, pues el mérito y la habilidad son inseparables. El reconocimiento - el mérito - es lo que impulsa a la persona a desarrollar sus habilidades. Esta concepción de la persona como una imagen a forjar es común a innumerables culturas y épocas, pero precisamente en la actual parece haberse olvidado. Es cierto que, hasta cierto punto, la imagen importa, pero no del mismo modo que antaño. Si se busca el honor, se busca de una manera egoísta e incluso deshonesta.

El hombre ha perdido su sentido de eternidad. Nos debe preocupar el mañana. Debemos tener una constante preocupación por la fama, por el honor. Pero no fama per se, ya que esta búsqueda sería egoísta, sino fama por servir de ejemplo para las futuras generaciones, para los demás. De hecho, esta era precisamente la base de la educación aristocrática de la Grecia Antigua. En definitiva, la mayor fuente de educación son las personas, la mayor fuente de sabiduría son las vidas de otros, los ejemplos encarnados de virtud.

Del mismo modo, para alcanzar la totalidad del honor, se necesita otro crucial componente de la areté: una consciencia de comunidad. Es importante sentirse parte del grupo al que uno pertenece. La sociedad que nos rodea - que nos debería rodear - nos impulsa en la lucha por el honor en la medida en que sirve de barómetro de la virtud personal. Que nos preocupe lo que piensen los demás no tiene nada de malo, siempre y cuando sea un instrumento y nunca un fin. Esta distinción es precisamente la que hoy en día es ignorada y lleva a una enfermiza paranoia del prestigio.

Por último, areté implica la adquisición de ciertos valores guerreros que también están ausentes en la sociedad actual. Los héroes griegos entendían que la vida era una continua lucha y el sufrimiento era esencial en el hombre. Ellos eran capaces de ver el valor detrás del esfuerzo. Héroe es aquel que transforma todo problema en una oportunidad. Aquel que brilla a costa de su sudor y de sus lágrimas. La valentía heroica es una virtud social, pues consiste en dar la vida por los demás.

No obstante, toda esta concepción de la persona actualmente solo se encuentra en las leyendas. Decir que recuperar estos valores caballerescos es imposible porque en el siglo XXI ya no combatimos en un campo de batalla es absurdo. Por supuesto que se puede conquistar la valentía, la reciedumbre, la fortaleza, el coraje... En frente de nuestros ojos se encuentra la oportunidad de conquistar - de resucitar - la areté. Todos los días se nos presentan pequeñas batallas, retos, sufrimientos que abrazar. El trabajo es el combate de nuestra vida. Ya no vamos a un campo de batalla con el escudo a la espalda, mas vamos a la oficina, a la facultad, al laboratorio con una vaguería que vencer y con una sonrisa que contagiar. Trabajar es humano. Ensalza nuestra naturaleza. Reafirma nuestra identidad. Por supuesto que existe una dignidad en el trabajo.

Y tenemos que pelear por ella.

RAFAEL TORRE DE SILVA VALERA